Aquello era un suplicio inacabable; una especie de limosna que la ofrecían bajo recibo... Después, mientras salía de la redacción, escuchando el argentino tintineo de las monedas que llevaba en el bolsillo, pensaba en la bancarrota suprema de todas sus ilusiones. ¿Qué quedaba de los ruidosos triunfos de Pablo? De tantos aplausos, de tantas brillantes polémicas, de tantos ensueños ambiciosos, ¿qué quedó?... Sus amigos le habían olvidado; sus discípulos ya no le respetaban: era un maestro enterrado, un ídolo caído...

—¿Dónde fué aquel mundo de doradas quimeras?—pensaba Luisa;—¿qué resta de todo aquel glorioso poderío que me deslumbró?...

Y las monedas recién cobradas, tintineando en su faltriquera, parecían responder:

—«Cuarenta pesetas; la herencia de un gran hombre...»

A OBSCURAS
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Mercedes, una amiga que ignoraba los lazos de cariño habidos, desde muy antiguo, entre la hermosa cortesana y el célebre poeta, les presentó mutuamente.

—Don Pedro Equis... Antonia, mi mejor amiga.

Ella y él se inclinaron ceremoniosos, aparentando no conocerse, sintiendo que aquella inocente superchería les hermanaba en la penumbra del disimulo.