Sentáronse en el mismo sofá, cuidando inconscientemente de que sus rodillas no tropezasen, distrayendo sus miradas con los cuadros de alegres y pujantes colorines, las plantas y los disecados pajarillos que adornaban las paredes y ángulos del saloncito. Mercedes dijo jovialmente:
—Pues, sí: aquí tienes á mi amigo don Pedro, el gran cantor de los amores, cuyos versos no hay hombre, medianamente ilustrado que, en los momentos de borrachera sentimental, no sepa repetir de memoria.
—Así es.
—Bien recuerdo—prosiguió Mercedes riendo por la franqueza de la mujer que sabe tener la boca bonita—que cierto actor, conocido de todos, me sedujo recitándome versos de nuestro poeta.
...Y el poeta, escuchando la evocación de aquellas deliciosas locuras, sonreía melancólico, reconociendo que la misión de los pobres artistas que de nada disfrutan y que todo lo cantan, es triste como la de los sacerdotes, obligados á bendecir los placeres de un amor vedado á ellos eternamente. Mercedes, que salió un instante, volvió mostrando un telegrama que acababan de traer y la forzaba á marchar á la calle.
—Quedan ustedes en su casa—dijo;—empero no dudo sabrán ser juiciosos y tratarse con respeto.
Al verse solos, Antonia y el poeta volvieron los ojos al pasado.
—¿Te acuerdas?
—¡Cómo no!—repuso ella;—¿y quién pensara que íbamos á tropezamos aquí, después de tanto tiempo?...
Más de quince años fueron pasados desde entonces, y, en la neblina de la distancia, el recuerdo de aquellos amores castos, nacidos en edad demasiado temprana, pintaba un ramalazo de alegre y suave color.