—¿He cambiado mucho?—preguntó él.

Ella no hubiese querido disgustarle, pero la realidad se imponía con tal fuerza, que su generoso sentimiento quedó vencido.

—Bastante—murmuró.

Aunque colocada en los linderos últimos de la segunda juventud, se conservaba hermosa y por todo extremo fresca y deseable, habiendo pasado la vida por ella como la brisa sobre las flores, sin marchitarla; para él, en cambio, la exístencia fué huracán fortísimo que apagó la lumbre de sus ojos y aró su frente y quebrantó los resortes de la ya desgobernada voluntad. Y aquel desvalimiento lo revelaban el arco desilusionado de sus labios y su mirada fría, como la de los viejos que presenciaron la desaparición de todo lo amado.

—Aquellos tiempos—exclamó Pedro cerrando los ojos para mejor rendir su espíritu al dulce columpio del recuerdo,—forman en mi memoria una acuarela de sencilla composición y regocijados tonos.

Antonia suspiró.

—A pesar de los años transcurridos—dijo,—no he podido olvidarte y, siempre que leía tu nombre, el ayer renacía...

Le contemplaba atentamente, doliéndose de hallarle tan viejo, tan caído, tan feo... con su calvo cráneo limado por el insomnio, su semblante que marchitó el hastío, sus labios cansados de besar y de mentir pasiones...

Dos días después, en la misma casa, tornaron á verse; y tras aquel encuentro vino una cita, y luego otra... Citas honestas de amigos, de verdaderos amigos, que hallan, charlando juntos, sabroso pasatiempo.

—¿Cómo estoy?—preguntaba ella.