—Mejor que antes, más mujer, más hecha: diríase que los años te perfeccionaron, trazando curvas, puliendo angulosidades, corrigiendo, en fin, gallardamente, lo que la impaciente juventud dejó mal concluído.
Mientras el poeta hablaba, la gentil cortesana se estremecía mordida por un capricho; raro capricho que iba definiéndose, sojuzgando su ánimo bajo una fuerza invasora incontestable. Sin saberlo, adoraba á Pedro; le admiraba, hubiese querido pasar la vida pendiente de sus labios elocuentes... y pertenecerle, para ahuyentar sus penas.
—Su alma es hermosa—pensaba Antonia, exaltándose.
Mas inmediatamente después, la voz implacable de su buen sentido, respondía:
—¡Pero es tan feo!... ¡Tan feo!...
Y para escucharle, miraba al suelo, hallando grato aquel apartamiento de la realidad desconsoladora.
...Fué otra tarde en aquel mismo coquetón saloncillo. Pedro callaba, considerando imposible la reconquista de su antigua amada, que languidecía en el silencio; silencio augusto, cargado de recuerdos que desbordaban su amor. Mercedes había salido.
—¿Por qué ese mutismo?—preguntó Antonia.
—¿Qué puedo decir?... ¡Estás tan lejos de mí! ¡Tan lejos!...
—¡Oh!... No lo creas. Vivo muy cerca de ti, tan cerca como antes, acaso más vecina que nunca... Porque mi espíritu, instruído por la experiencia, comprende mejor los raros méritos del tuyo. ¡Háblame... háblame!