—¿De qué?
—¡Ah, no sé!... No sabría decírtelo... Pero, habla... la corrección de tu discurso y tu voz, que nubló la tristeza, aturden mi razón dulcemente, como el vaho aromoso de los pebeteros. Sí, por lo más santo... no me niegues el favor de escucharte. Háblame de amor... evoca lo pretérito; jura, como sólo tú sabes hacerlo, que no me has olvidado todavía... ¡Habla!
Y él habló... friamente al principio, como viejo actor que representa; después con fuego, sintiendo caldearse sus nervios bajo la viril sacudida de su propia inspiración.
—Antonia... ¿te acuerdas?...
Hablaba cogiéndola las manos, envolviéndola en una mirada ardiente, dejando que su aliento acariciase la frente de la amada. Y reconociéndose elocuente, se entregaba contento á este juego de gestos y de palabras, con la doble alegría del amante y del artista que espera ser aplaudido. Y proseguía:
—En vano intentas sustraerte á ti misma; me quieres, lo sé, me consta... Si así no fuese, ¿á qué esa turbación? ¿A qué ese humillar la cabeza y bajar los ojos?... Oyeme, soy yo... tu Pedro... quien te llama; soy tu pasado, tu juventud primera, que vuelven conmigo.
Ella balbuceaba, entregándose al hechizo de la ficción.
—¡Pedro mío!... ¡Pedro!...
—Antonia, mi Antonia... adorada de mi alma... ¿Es posible que después de separación tan dilatada, volvamos á estar juntos?... Hace mucho tiempo, juré amarte, y mi fe cumplió lo jurado sin que ni la distancia ni los frívolos placeres mundanos quebrantasen el hierro fortísimo de mi juramento. Te conocí siendo niña, nos amamos: yo entonces ganaba lo suficiente para no morir, pero estudiaba sin desmayos, sabiendo que el estudio y el trabajo son las únicas carabelas que pueden conducirnos derechamente á las playas de la dicha, y en aquellas playas remotas tú esperabas.
Trastornada por el fuego de esta romántica peroración, la joven abrió los ojos que hasta allí tuvo cerrados, queriendo gustar la contemplación del hombre que tantas y tan lindas cosas decía, y no pudo; vió su frente sombría que arrugaron los años, su boca triste, su tez marchita, su cuerpo encorvado, sus ojos sin luz... ¡Y no pudo!... El beso se heló en sus labios y volvió á cerrar los ojos. ¡Era tan feo!...