—Lo pasado ha vuelto... ¡oh, Antonia!... No dejes que esta felicidad torne al pasado otra vez.
Ella, sintiendo que en la obscuridad su ilusión renacía, contestaba, sin abrir los párpados, meciéndose nuevamente en la música de aquel fingimiento adormecedor:
—Pedro mío, yo te amo, pero mi historia, sembrada de errores, imposibilita nuestra unión; yo soy una desgraciada; tú, en cambio, puedes ser feliz aún.
—¡Yo! ¡Yo dichoso!... ¿Sin tí?... Nunca. Ahora mi nombre llena tu memoria y esa convicción, acaso presuntuosa, me consuela. Pero más adelante, cuando nos separemos, cuando no te vea, cuando la casualidad que acaba de unirnos no exista... y mi recuerdo vaya empequeñeciéndose en tu espíritu con el tiempo, como la imagen de todo lo que pasa, de todo lo que huye... Entonces, ¿quién se acordará de mí... del vencido?...
—Me sofocas como sofocan las pesadillas.
Contestó sin abrir los ojos, pareciéndola que en aquella obscuridad la voz cariñosa del poeta venía de muy lejos. Pedro prosiguió:
—Es el ayer, que te ahoga. Tú pasarás también, Antonia, y tu ocaso será muy triste...
—¡Sigue, sigue!...
—Será muy triste; y entonces, ¿quién te amparará? ¿Quién podrá consolarte del bien perdido?... Mientras que, viviendo juntos, no padecerías el tormento de la soledad, y tus últimos años serían dulces y tibios como los crepúsculos estivales...
Hubo otra pausa. Antonia, con la cabeza caída hacia atrás y los hermosos ojos cerrados, preguntó: