—¿Quieres apagar la luz?

—¿Para qué?...—repuso el poeta.

Y sin sospechar la triste razón que justificaba el capricho de su amiga, dijo:

—Estamos mejor así.

Luego continuó:

—Nos veo viejecitos, examinando juntos y sin pena el panorama de lo vivido, confortando con mi aliento tus manos trémulas, espantando con mis besos los pesares de tu vieja frente... ¡Antonia, mi Antonia!...

La emoción ahogó la voz de su garganta. Ella murmuró:

—Apaga la luz.

—No... necesito verte... déjame...

—Pedro...