—¡Eres tan hermosa!... Ven, más cerca, así... tus manos en mis manos... nuestros pechos muy juntos, más...
—¡Oh, adorado mío!... ¡Qué dulzura, qué persuación la de tus palabras!...
Iba á abrir los párpados, pero recordó con miedo las trazas lamentables de su amador, y volvió á cerrarlos.
—Antonia—el poeta repetía,—¿me quieres?
Como eco de la callada habitación, la joven contestó:
—Mucho.
—¿Con toda tu alma?
—Sí... con toda mi alma.
—¡Oh, placer!... Dilo, dilo otra vez para consuelo mio... ¡Repítelo muy alto!...
—Te quiero... te quiero... ¡Y nada me consolará de los años que viví sin amarte!