¡Ah!... ¡Y si yo pudiese expresar cuánto he sufrido al convencerme de que sólo hay en nosotros carne y huesos...
ODIO MORTAL
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—No seas testaruda, Julia, y satisface mi curiosidad sin ambajes ni pleguerías retóricas importunas. ¿Por qué tus cartas las secas con ceniza y no con arenilla azul ó roja, que es el color emblemático de las pasiones ardientes?...
Ella se encogió de hombros.
—Es un capricho.
—Capricho del cual debes corregirte—repuso Daniel Montoro entre seriote y risueño;—porque yo hago con tus cartas lo que Werther con las de Carlota; besarlas... y me hace poquísima gracia mancharme los labios de ceniza. ¿Por qué ensucias con esa basura los pliegues de tus billetitos perfumados?...
Hubo un momento de silencio; Julia, apoltronada en su butaca, miraba al amado sin responder.
—No sé cómo explicar ese humorismo de tu temperamento artístico—añadió él:—á veces creo que con esa ceniza quieres expresar el fuego devorador de tu cariño, que todo lo calcina; otras, que te mofas de tus propios juramentos espolvoreando ceniza sobre ellos, como significándome, con ese recato delicioso de las mujeres ladinas, que tu pasión es antojo vano, fingimiento... humo y cenizas...
—Te engañas; ese capricho mío no obedece á los enrevesados intríngulis psicológicos que supones; es... una venganza. ¿Tú has odiado alguna vez?...
—Nunca—contestó Daniel Montoro, admirado;—imagino que es mucho más fácil amar que odiar.