—Tan difícil y tan exquisitamente agradable es lo uno como lo otro. Amar es vivir en el ser amado, discurriendo con su cerebro, sintiendo con su carne; en él hallamos lo mejor: las zarzas nos parecen flores, fausto la miseria y, bajo los mayores rigores de la suerte, nuestra alma goza paz y quietud dulcísimas... ¡Pero odiar!... Es no poder soportar la presencia ni el recuerdo torcedor del ser odiado, que nos roba el aire y empozoña el agua que bebemos... Créeme; ¡hay venganzas crueles que regocijan hasta los tuétanos como si fuesen un deleite!...
Movida por la exaltación de su discurso, se había incorporado mirando á su amante con ojos grandes y negros de apasionada; luego añadió, un poco más serena:
—No maldigas de esas cenizas con que seco mis cartas, pues envuelven un amuleto misterioso que asegura la firmeza de mi amor hacia ti...
—No comprendo, habla...
—¿Y si después de saber este secreto trágico no me quieres? Me has sorprendido en uno de esos instantes de femenil debilidad en que no puedo rehusarte nada. Pero temo hablar y que me desprecies; los que odian como yo se exponen á ser odiados de igual manera. Mi secreto es algo satánico, inaudito, casi repugnante... Daniel, amado de mi alma, no me arranques esta confesión sin antes jurar que me quieres mucho, que me querrás siempre...
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Estaban sentados junto á la ventana: ella en una butaca de elevado respaldar; él á sus pies, sobre una silla baja, medio arrodillado, acariciando y besando las blancas manos de la adorada.
Era una tarde lluviosa de invierno; por el cielo gris pasaban grandes masas de nubes exprimiendo una llovizna compacta y menudita que caía sin ruido; los faroles de la calle, agitados por el viento, lanzaban haces de luz rojiza que penetraban por la ventana tiñendo los objetos de la habitación con reflejos sanguinolentos. Las puertas de aquel gabinete espacioso y bien alfombrado estaban cubiertas por opulentos cortinajes de terciopelo negro; sobre el fondo obscuro de las paredes rielaban los cristales de algunos armarios y perfiles marmóreos de estatuas que se bocetaban tímidamente en la penumbra, como espíritus livianos de personas muertas; los clavos dorados de la sillería salpicaban la obscuridad de puntos metalescentes; sobre la mesa colocada en medio de la habitación, un magnífico estuche de oro cincelado, terso y pulido, parecía brillar con luz propia.
Los cuerpos de Julia y de Daniel Montoro, colocados delante de la luz, se recortaban sobre el techo con perfiles monstruosos, deformados según las leyes de la óptica; cabezas puntiagudas, narices gigantescas, brazos largos terminados en manos que huían moviendo los dedos, cual si fuesen arañas enormes.
En el comedio de la habitación, silenciosa y anegada en tinieblas, el soberbio estuche de oro cincelado brillaba con reflejos glaucos de sol poniente...