. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
—Las cenizas con que seco mis cartas—dijo Julia,—las tengo encerradas ahí, en ese estuche de oro...
Una ráfaga misteriosa de viento atravesó el gabinete lanzando un quejido agónico semejante al aleteo de un pájaro nocturno. Julia continuó:
—Voy á confesártelo todo, concisamente y de plano, porque estos secretos tan íntimos se dicen pronto ó no se dicen nunca. Ya sabes que me casé á los veinte años, y que á los veintisiete enviudé; pero ignoras cuán funesto fué aquel hombre para mí. Eso no lo sabe nadie, pues la sociedad condena á la mujer á honrar el apellido del esposo que la vejó y afrentó, como exige al condenado á muerte bese la mano del verdugo que va á ejecutarle.
Su voz temblaba de emoción y por su semblante pálido de hembra nerviosa, rodaron dos lágrimas.
—¡Oh, Daniel—añadió, he sufrido tanto... tanto!... Yo, cuando le conocí, era una niña sin mancilla, con el corazón abierto á todos los seductores mirajes de la pasión... Él ajó mi juventud, desvaneció mis ensueños de opio y secó los fecundos raudales afectivos de mi alma con sus intransigencias y sus celos de macho brutal; yo servía de dócil recreo á sus caprichos; siempre me tenía encerrada creyendo que iba á traicionarle; me obligaba á jurar todas las noches que le amaba, que no le engañaría nunca, y como mi carácter altanero se rebela contra semejantes complacencias, el miserable me maltrataba...
Creo que me quería, pero á su modo; con pasión rabiosa de fiera que me hizo sufrir infinitamente. El ruido de sus pasos me daba frío de cuartana: en cuanto llegaba me cogía por las muñecas para interrogarme: «¿Quién ha venido? ¿Por qué estás tan peinada?...» Miraba debajo de las camas, detrás de las puertas: me olfateaba los labios, creyendo que olían á tabaco; examinaba mis dedos para ver si los tenía manchados de tinta... Como recuerdo haberte referido en otras ocasiones, él padecía ataques epilépticos que le dejaban exánime durante dos y tres días... El temor de ser enterrado vivo le obligó á recomendarme que, después de muerto, le incinerasen... y yo satisfice su deseo...
Daniel Montoro tembló violentamente; acababa de comprender.
—Luego esas cenizas...—murmuró.
—Sí, acertaste, son las suyas... las guardo en ese estuche de oro...