Lo mismo la alborotada juventud, tan fácil á la hipérbole, como las envidiosas mujeres, inclinadas á discutir y morder el ajeno mérito, coincidían en proclamar á Carmen, la gitana, como el tipo femenino más perfecto de la pujante flamenquería sevillana.

Carmen nació en el campo: era hija de segadores y su madre la dió á luz una tarde de Agosto, tumbada entre los altos trigales, bajo el ancho espacio azul, abrasador y deslumbrador como la entrada de una fragua: de pronto resonó en los ámbitos de la planicie adormecida por el bochorno de la siesta, un grito, el grito selvático que lanzan las hembras cuando el último desgarro las convierte en madres; y nació Carmen... El viento de aquella tarde, un viento cálido como un bostezo del desierto, agitó los negros cabellos de la niña y la luz que caía á raudales tostó sus mejillas y su frente... Desde entonces, á Carmen la llamaron la Hija del Sol.

Todo en ella, efectivamente, concurría á mantener la exactitud y legitimidad de aquel apodo: su talle esbelto y ágil, su cuello grueso, su tez cobriza, su cabeza algo grande, su boca de carnosos y encendidos labios, amargados por el gesto, casi doloroso, de sed, que contrae la boca insaciable de los libertinos; y luego su carácter... su carácter reconcentrado, á veces sumiso, con sumisiones de esclava, indomable y fiero á ratos, pero siempre taciturno y perezoso, de mujer oriental; mujeres supersticiosas y ardientes que adoran al Sol.

Carmen profesaba al astro magnífico un culto idolátrico, casi sensual, de fetiquista. En la germinación y desarrollo de esta pasión debió de influir, amén de su idiosincrasia andaluza, la novela de su nacimiento, aquel nacer pintoresco, consumado durante las abrasadas horas de una tarde estival, en medio de la vasta planicie, convertida, bajo los rayos del sol, en inmensa charca de fuego y de luz... Las primeras sombras crepusculares ponían en su ánimo nostalgia y miedo inexplicables: se acostaba temprano para no ver la luna, la eterna muerta, tan triste, tan pálida, velando con su resplandor frío el reposo inquietante de las tumbas y de las ruinas; y madrugaba con el sol, que iba á sorprenderla en su lecho, espantando sus malos ensueños, derramando por sus venas una briosa corriente de vida. Los días de verano iba con sus padres á la siega, y allí, echada al pie de un árbol ó á la sombra de un bardal, abismaba sus ojos en el paisaje. Los pajarillos habían enmudecido, las cigarras, borrachas de calor, callaban bajo el rastrojo; la atmósfera ardía, el suelo exhalaba por sus poros un vaho abrasador, irrespirable, las golondrinas que intentaron atravesar volando la planicie, cayeron asfixiadas; en los confines del horizonte, tierra y cielo, borrados en la misma catarata luminosa, simulaban un incendio con oleadas de oro y nubes de púrpura; perdidos entre el trigo, con las recias espaldas y las frentes cubiertos de sudor, los segadores, estimulados por el orgulloso prurito de no quedarse retrasados en la faena, trabajaban sin descanso.

Carmen, sumida en un emperezamiento invencible, miraba al cielo, cegándose bajo aquella intensísima reverberación solar. El mismo sol, que tanto excitaba con sus ardores la carne de la virgen gitana, reprimía con su luz la explosión de sus pasiones: Carmen, que sentía en la obscuridad los vergonzosos bostezos del pecado, hubiera tenido empacho de desnudarse ante una ventana abierta: el sol, brillando majestuoso en el cenit de los espacios, represaba sus malos deseos y fortalecía su voluntad y su virtud, y á él volvía los entornados ojos en las horas azules de dulce y peligroso quebranto, como las vírgenes frágiles, al ir á perderse, miran el retrato de su padre colgado á la cabecera del lecho fatal, como pidiéndole ayuda ó perdón. ¡No, ella no sería mala, mientras hubiese Sol!...

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Antoñico el gitano, un mercader de potros que gozaba de gran fortuna y prestigio en las ferias de Sevilla y Mairena, había puesto estrecho cerco á la virtud de Carmen; persiguiéndola en la iglesia los domingos por la mañana, durante la misa; por las noches, rondando su reja, al pie de la cual su musa triste de amador desdeñado entonaba sentidos cantares; y en la siega, sentándose junto á Carmen, que le oía distraída, mirando á los segadores cuyas cabezas oscilaban entre las doradas mieses como puntos negros.

Según el mozo extremaba sus agasajos, la joven fortalecía su resistencia, y hubo entre ambos disputas y luchas terribles, de las cuales la virtud de Carmen libró incólume. El, porfiaba, sin darse por vencido.

—¿Por qué me desprecias?—decía.

—Déjame—replicaba Carmen,—me aburres y te cansas en vano. Yo no puedo amarte; había de querer... ¡y no podría!... Hay algo en mí que te rechaza, que no transige contigo, aunque fueses el mejor de los hombres... Una especie de hipo, que te echa fuera de mi alma...