El, herido en su pasión y en su orgullo, replicaba:
—Tú caerás. Esto, al fin, ha de ser como yo quiera...
Ella, segura de si misma, reía provocándole al combate. ¿Para qué temerle?... De noche, la defendían los mismos hierros de su reja; de día, la guardaba su padre, el Sol...
Una tarde, Carmen y Antonio se encontraron en uno de los callejones más solitarios y excéntricos del barrio, delante de una tiendecilla de vinos.
—Oye—dijo él,—¿aceptas una cañita de manzanilla?
—No—repuso ella,—déjame en paz.
Entonces él la cogió por los sobacos y en volandas la metió en la taberna y luego en una habitación interior, donde un lecho, con sobrecama roja, parecía esperar... El ambiente del dormitorio era frío; las paredes, resquebrajadas por la humedad, ofrecían grandes manchas verduzcas; por la ventana penetraban los últimos reflejos crepusculares.
—Ya estamos solos—exclamó Antonio cerrando la puerta;—¡por fin!...
En sus labios vagaba la risa petulante y procaz de los triunfadores; su manos ardían; sus ojos voraces de gitano llameaban en la sombra... Carmen no supo defenderse; un frío mortal helaba su sangre; no podía respirar; la obscuridad de aquel cuarto siniestro gravitaba sobre sus párpados obligándola á cerrarlos; sus brazos permanecieron inactivos, sus piernas flaquearon y echó la cabeza hacia atrás, entregando su garganta al deseo... Fué una caída inconsciente en cuyo lamentable desenlace la noche ejerció poderosa y decisiva tercería.
De aquella casa salió Carmen como de un letargo, y cuando más tarde supo que iba á ser madre, se rindió á su suerte, aceptando al hombre que hasta allí nunca había logrado poseerla pacíficamente, sino por sorpresa y á zarpazos, como se aman las fieras. Obligada á vivir en un cuarto interior con su hija y sin otro recreo que el cuidado de las flores que adornaban los hierros de su ventana, la joven tornóse más huraña, más triste, según el odio hacia su amante aumentaba. Aquel hombre se lo había quitado todo: el cariño de sus padres, la estimación de sí misma, su belleza sin mácula, su libertad; y además la había robado el Sol, aquel dios resplandeciente que abrasaba su sangre y anegaba sus pupilas en luz, enseñándola el culto á la Naturaleza y á la vida... Pensando en esto y comparando su salvaje independencia de antaño con su monótona existencia actual, Carmen, la gitana, lloraba hilo á hilo lágrimas ardientes que agrandaron sus ojos. ¡Sí, odiaba á Antonio, funesto para ella como la sombra del manzanillo; y le aborrecía con ese aborrecimiento intenso que no retrocede ante el crimen!...