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Fué otra tarde: una tarde de Agosto.
Carmen y Antonio habían merendado en el campo; su hija les acompañaba. El almuerzo fué alegre; los tres comieron mucho y bebieron copiosamente; luego Antonio, mareado por los vapores de la digestión y del vino, tumbóse en el suelo y con la cabesa apoyada sobre el regazo de la joven se quedó dormido. Carmen, inmóvil, contemplaba el horizonte con ojos pensativos: el aire quemaba, la tierra ardía, del cielo azul caían sobre los campos oleadas mareantes de fuego; á un lado aparecían altos ribazos coronados de chumberas, luego una carretera que se alejaba blanqueando como un reguero de ceniza, y más allá planicies inacabables sembradas de trigo, con sus gavillas de segadores que avanzaban desplegados en ala, cual náufragos perdidos en un lago de oro líquido... En medio del campo, dominada por el silencio augusto de la siesta y mordida por los besos ardientes del Sol, Carmen sentía renacer sus orgullosas energías de antaño; su sangre hervía, crispando sus dedos, y una borrachera extraña, borrachera orientalesca de calor y de luz, turbaba su cerebro. Instintivamente miró á Antonio, el hombre que la había arrebatado tanto bien y que yacía dormido sobre sus rodillas, á merced suya, y sus miradas repararon con criminal ensañamiento en su cuello grueso y sanguíneo, de violador.
Aquello pasó y Carmen tornó á fijarse en los pintorescos ribazos ceñidos de chumberas siempre verdes, y en los campos de trigo, con sus gavillas de segadores... Pero la tentación homicida volvía, cada vez más terrible y pujante... Antonio roncaba tranquilo; el calor había congestionado sus mejillas; bajo la piel se acentuaban las venas repletas de sangre... ¡Oh, aquel hombre las había causado, á ella y á su hija, un daño infinito!... ¡Por él estaban así, alejadas del mundo, sin cariño de madre, sin blanduras de abuela, condenadas á vivir perpetuamente en la sombra... Y Carmen pensó que la muerte de Antonio sería la felicidad recobrada, la liberación definitiva...
Un último sacudimiento de su conciencia la obligó á levantar los ojos; en aquel momento sus pupilas, nidal de malos pensamientos, parecían más negras, más duras... Carmen prosiguió acariciando el cuello de su amante con una mirada fría y sutil como el filo de una daga. Era imposible resistir la implacable tentación. A la borrachera del vino se aunaba la del sol... Y el sol hablaba, empujándola al crimen.
«¡Mátale!...—decía;—él te robó cuanto de más hermoso tenías, regalándote, á cambio de tu sacrificio, una hija que habrá de avergonzarse de ti eternamente. ¡Mátale antes de que despierte y te vuelva á su cárcel! Recuerda aquella habitación obscura que jamás mereció el beneficio de mis rayos; aquellas paredes que agrietó la humedad, aquel lecho donde tiritas de frío... ¡Mata! Sé fuerte como yo, inspirador de todos los heroísmos, afrodisíaco despertador de todas las voluptuosidades, anda, no vaciles; sigue los consejos de tu padre el Sol... ¡Mata á ese hombre!...»
Carmen, estremeciéndose, miró á su alrededor: no había nadie; la soledad, encubridora de los grandes crímenes, también la empujaba. ¿Por qué no recobrar su hermosa libertad perdida?... A veces, una vena que se corta es una cadena que se quiebra...
Por entre la faja de Antonio asomaba tentador el mango de un cuchillo. Carmen quiso apartar de él los ojos, y ya no pudo; miraba, alargando el cuello, y su mano derecha se crispaba, calculando la violencia del golpe...
En aquel instante la niña, como instrumento elegido por el Destino para precipitar la venganza de la madre, cogió el mango del cuchillo y la hoja salió de la vaina, con relampagueo deslumbrador. Aquel zig-zag trágico, arrancado al acero por el sol, cegó á Carmen, y el gitano rodó por el suelo, pasando sin estremecimiento de un sueño á otro. Quedó tumbado boca arriba, mirando al Sol que le había matado. La tierra, sedienta, empapó su sangre...