—¡Es raro que ese Baltasar haya llegado á viejo!
—Porque... lo que el adagio enseña: el buen vino y los hombres guapos, duran poco...
Pronunciábamos las palabras lentamente y separando unas sílabas de otras: era una conversación lánguida, incoherente, como un diálogo de sonámbulos.
—Pues, por esta vez, falló el refrán... porque Baltasar fué de los majos que tosió más fuerte entre los barateros de mejor resuello. Una noche, y esta anécdota te servirá para conocer la calidad y buen temple de su ánimo... detuvo él solo, trabuco en mano y por apuesta, á la diligencia de Almería.
No dijo más, ó si continuó yo no le oí, rindiéndome al sopor que me infundieron la tarda exposición de aquellos romancescos disparates y el rítmico sonsonete de los mosquitos volanderos.
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Al día siguiente me levanté tarde; y como Joaquín se hubiese marchado de jira con varios amigos y yo no tuviera otro asunto de más bulto y provecho en qué emplearme, salí á dar un paseo por el pueblo.
En un villorrio tan incivil y menguado como aquel, la presencia de un forastero es motivo poderoso de curiosidad y de fisgoneo; por todas partes veía chiquillos que se quedaban embelesados y boquiabiertos mirándome pasar, cual si yo fuese un ente raro oriundo de lejanos planetas, y ojos femeninos que me avizoraban por entre las hendiduras de las persianas; y tanto llegó á molestarme aquella impolítica curiosidad, y tan feo me pareció el lugar con sus retorcidos callejones desempedrados y su pobrísimo caserío, que renuncié al paseo. Di, pues, media vuelta, y aventurándome por un angosto pasadizo abierto entre los bardales de dos huertas, anduve un buen trecho y llegué á la plaza: triste, polvorienta, rodeada de casuchas irregulares, con la iglesia á un lado y una fuentecilla á la que prestaban sombra escasa algunos arbolillos. Permanecí inmóvil largo rato, examinando el aspecto de aquel paraje que reconcentraba las vidas comercial, religiosa y hasta elegante de la población, puesto que allí concurrían á coquetear por las tardes los muchachos y mocitas casaderas.
Eran las doce; el sol caía perpendicularmente, y aquellos torrentes de luz cenital, sumados á la intensa reverberación del suelo, producían una especie de peplo luminoso que esfumaba el contorno de los objetos; un remusgo cálido agitaba los toldos multicolores extendidos sobre la puerta de algunas tiendas, y la torre de la iglesia, altiva y robusta como el torreón aspillerado de un castillo medioeval, proyectaba sobre el suelo polvoriento una sombra gigante. Sentado en un poyo junto á la fuentecilla, había un viejo, al cual gritaban y silbaban hasta una docena de deslenguados arrapiezos.