—¡Que baile el tío Baltasar!—gritaban aquellos indígenas.
—¡No!, que no baile...—decían otros,—es mejor que cante...
Y entonces todos empezaron á pedir rítmicamente y con cierta cadencia:
—¡Que cante el tío Baltasar, que cante, que cante!...
Algunos individuos, sentados en el suelo y á la hila de las paredes, atisbaban la escena sonriendo; el tío Baltasar, por su parte, únicamente amenazaba á los chicuelos más atrevidos que se le acercaban demasiado y con la poca caritativa intención de colgarle algún ahimelollevas. Sofocado por el calor y deseando ver la capillita gótica de que Joaquín me había hablado, crucé la plaza en derechura á la iglesia. Al pasar junto á la fuentecilla, molestado por el griterío de los chicos, no pude abstenerme de espantarles á voces y de repartir varios pescozones entre los más indómitos.
—¡Déjeles usted estar, señorito, pues no me incomodan!—exclamó el viejo.
Volvíme para mirar á quien tan mal agradecía mi protección y ayuda, y era un hombre setentón, con grandes patillas cortadas según la usanza de la clásica flamenquería y majeza andaluzas: los ojos nobles y fieros, la boca desdeñosa, la nariz aguileña y enérgica, el busto de complexión elegante y recia... y comprendí hallarme delante del célebre Baltasar, de quien tantas lindezas refería mi amigo.
—Celebro conocerle dije entonces;—aunque recién llegado aquí, ya me han dicho mucho bien de usted. Si la fama no miente, usted fué, allá en sus mocedades, un buen gallo...
—Hombre... sí, señor—repuso con esa modesta mansedumbre de los héroes encanecidos;—cuando lleva uno en las venas mucha sangre y muy caliente, comete muchas tonterías.
—¿Y ahora?