—¿Ahora?... ¿Qué quiere usted que haga, más que tomar el sol ó la sombra, según la estación?

Los chicos se habían retirado y nos contemplaban desde lejos. Baltasar y yo continuamos charlando, cautivándome él por sus espontáneas caballerosidad y bizarría.

—Ogaño estoy mandado retirar por inútil—decía;—pues los gallos sin pico ni espolones no sirven para el reñidero ni para el corral... Pero antes... ¡ja, ja!... antes no hubo en toda la provincia otro majo que cantase más alto que yo...

Según hablaba, los recuerdos iban exaltando las energías de su espíritu y tenía frases y gestos autoritarios que recordaban sus ya lejanos extremos de sultán dictador... Y había algo solemne en el ocaso de aquel ídolo caído.

Luego Baltasar, como quien va á decir un gran secreto, púsose de pie acortando la distancia que nos separaba.

—Yo, señorito—añadió bajando la voz,—he sido el cogollito y la espuma de esta tierra... el esposo de todas las mujeres bonitas y el coco de todos los maridos... A ellas las quiero, pobrecitas, por agradecimiento, porque fueron buenas para mí; pero á ellos les desprecio, á todos, por cobardes y por... ¿Comprende usted?... Los muy... cuando éramos jóvenes, no tenían coraje para desafiarme y yo les afrentaba á mi antojo; si eran solteros, les quitaba la novia; si casados, les robaba la mujer... Y ellos, nada, tragando hieles... Ahora parecen vengarse de mí echándome sus hijos para que me chillen y atormenten; no me enfado, no puedo enfadarme, porque la voz de la sangre... ¿sabe usted, señorito?... Entre esos niños ¡habrá tantos hijos míos, tantos!...

Miré á Baltasar, el antiguo recluso de Cartagena, admirando aquella frase tan obscena en la forma y que envolvía, no obstante, un dulce sentimiento paternal. Aquella frase era para la humanidad una puñalada terrible; ¡una puñalada de presidiario!

LA ABUELA
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La abuela Francisca se quitó los gafas, restañó las lágrimas que arrancó de sus ojos el penoso esfuerzo de una lectura demasiado larga, y el periódico resbaló de sus rodillas al suelo. Aquel periódico relataba los últimos momentos de Pelo-Rojo: una bailarina que había muerto en su hotel de París debiendo trescientos mil francos, y por la que cierto marqués millonario dejó, á sus hijos sin pan.

—¡Para esas mujeres es el mundo!—pensó la abuela Francisca.