Discurría así, melancólicamente, junto á la ventana, sobre cuyos cristales la lluvia rimaba su canción, la dulce canción hermana del sueño: la habitación estaba á obscuras, sin otra luz que el pobrísimo resplandor crepuscular que caía del cielo; todo callaba en aquel gabinete apercibido ya á los rigores del invierno; con su suelo alfombrado y sus cortinajes de pesado terciopelo, cerrando el paso al frío. Allá lejos, en las profundidades de la casa, resonaban el chirrido alegre del aceite que hervía en las sartenes, y el ruido de platos y voces infantiles...

¿Quién hubiera creído que en el corazón de aquel confortable hogar burgués y tras la santa y castísima frente de la abuela Francisca, la muerte de Pelo-Rojo despertaría un recuerdo tenaz?...

Y, no obstante, así era: Francisca, ligando los datos biográficos que de la bailarina aparecieron desperdigados por la prensa, durante aquellos días, imaginaba conocer su historia exactamente: la veía saliendo de España, llegando á París, donde las locuras de un sportman, que se mató por ella la pusieron en moda; y luego en Londres, disputando á las cortesanas inglesas el oro de sus amantes; después en Monte-Carlo y Niza, donde corrió el Carnaval con una carroza cuajada de rosas valencianas... Y más tarde, en París otra vez, siempre pródiga, caprichosa, indócil, dejando las comodidades de su hotel por los estudios de Montmartre. A Pelo-Rojo la conocían en todas las delegaciones: se embriagaba y reñía con otras mujeres; adoraba á los hombres de arrestos que no saben amenazar sin herir; la gran pasión de su juventud fué Luis, un pintor de mucho talento que la pegaba porpelo todo y que una noche la castigó dejándola dormir en la escalera de su taller.

—¡Y que hombres ricos y de talento pierdan el seso por mujeres así!—murmuró la anciana.

En su honrado pensamiento, monstruosidad semejante no hallaba cabida y, sin embargo, reconocía que en el viejo mundo pagano, como en el nuestro, la juventud, la felicidad y el dinero, siempre fueron satélites de la diosa Locura. Tan hermosa como Pelo-Rojo fué ella, la abuela Francisca, cuarenta años antes, y á querer... Pero no se atrevió; era buena y el ejemplo de su madre, primero, y la educación de su hija, después, apartaron de su voluntad todo deshonesto impulso.

Tan cuerdo discurrir no impedía que la anciana sintiese un desvío secreto, una especie de inexplicable envidia hacia la aventurera que había fallecido, casi repentinamente, bajo una bata de encajes y en un hotel suntuoso que el talento de algunos y el dinero de muchos, convirtieron en museo... Porque á esas grandes perdidas, enemigas adoradas de todo el mundo, se las solicita, se las aplaude, se las adula; mientras que de las mujeres honradas, que vivieron para el hogar, ¿quién se acuerda?...

Allá adentro, en los profundos de la casa, el aceite chirriaba bullicioso sobre las cacerolas puestas al fuego, y las criadas aderezaban la mesa, dejando chocar los platos unos contra otros; en los cristales de la ventana, la lluvia repetía su serenata de ensueño; en el piso inferior, acompañando los acordes de un piano, varias voces infantiles cantaban:

«Mambrú se fué á la guerra,
mire usted, mire usted qué pena...»

Eran las niñas que habían vuelto del colegio y jugaban felices, esperando la cena, con la despreocupación de la inocencia que ignora ser el pan de cada día algo muy triste, porque se gana difícilmente... La canción volvía, trepando hacía los cuartos superiores de la casa, invadiéndola, alegre y pujante:

«Mambrú se fué á la guerra,
no sé cuando vendrá...»