Por la imaginación de la abuela Francisca, pasaron en incongruente aquelarre las remembranzas de su juventud, ya muy lejana. Se vió niña, yendo al colegio con un aya inglesa que la llamaba «señorita»; levantándose en invierno muy tarde, corriendo feliz tras su aro en las luminosas mañanas primaverales, bajo la bóveda esmeráldica que tejieron las hojas tempranas de los árboles en flor... Luego recordó su primer vestido largo, su primer novio, su matrimonio que, trayéndola una hija, la llenó de cuidados; cuidados que alejaron su niñez, empujándola allá, muy lejos...
La vida de la abuela Francisca fué algo callado, perfectamente uniforme, sin notas alegres ni brochazos de color, como esos paisajes septentrionales dormidos y borrados bajo la niebla. Su matrimonio con don Alejandro fué su primera decepción, porque aquellas relaciones no trajeron luchas novelescas, ni lágrimas, ni traza alguna de esos accidentes que, mortificando el ánimo, embellecen la vida; sino que todo ello fué deslizándose suavemente, con la mansedumbre de las aguas que corren bajo tierra. Después llegaron esos innúmeros quehaceres de la existencia conyugal, donde la mujer, aunque pasiva, se asocia á todos los combates del marido, y luego la educación de su hija, cada día mayor y más hermosa, según la vida de la pobre madre iba retirándose.
Sólo un hecho sencillo pintaba un oasis riente en el horrible desierto de aquellos cuarenta años.
Fué una tarde, después del almuerzo; su hija había ido al colegio, don Alejandro á sus quehaceres; las criadas también habían salido. Francisca cruzaba el recibimiento cuando llamaron á la puerta de la escalera; la joven abrió: era Enrique, el amigo y consocio de don Alejandro.
—Mi esposo no está—dijo Francisca.
—Ya lo sabía—repuso Enrique.
—¡Ah!
—¡Sí, lo sabía; por eso he venido!
Aquella contestación extraña desconcertó á Francisca, que adivinaba en Enrique un enemigo. Este, tras un breve preámbulo, declaró á la joven su amor loco, hincándose de rodillas ante ella, cubriendo de besos ardientes sus lindas manos.
—¡La adoro á usted!—repetía.