Sus labios se cubrían de espuma; sus ojos llameaban; estaba hermoso y repugnante á la vez. Pero Francisca permaneció impasible, y hubo tal tristeza en sus palabras y tanta dignidad en su repulsa, que Enrique, humillado y corrido, salió de la habitación á reculones y huyó, sin atreverse á levantar los ojos. No pasó más.

Esta aventura era el único recuerdo pintoresco, y, ¿cabe decirlo?... la única alegría de la abuela Francisca.

Durante muchos años recordó la escena: el salón cuadrangular, con su piano y su sillería de yute obscuro; y á Enrique de rodillas, devorándola con los ojos, mientras ella, orgullosa como una reina, le indicaba la puerta con un gesto frío... Recordaba estos pormenores porque aquella declaración fué la sola bocanada de pasión impetuosa, desbordante, genuinamente criminal, que el vicio lanzó sobre ella; la única vez que se reconoció hembra, hembra deseable, apetecible, con ese apetito pujante que allana los hogares, que conduce al asesinato y á la bancarrota y al suicidio... y que ha sido, una vez por lo menos, el ideal de la mujer más santa.

Recordando á Enrique, la abuela comprendía las salvajes pasiones que Pelo-Rojo encendió, y dolíase secretamente de que su destino hubiera sido tan obscuro y diferente del de la célebre bailarina. Mas ¿á qué evocar aquello tan distante, tan empujado por el tiempo hacia los remotos linderos de lo irremediablemente perdido?

En el piso de abajo, los niños cantaban á voz en cuello la epopeya del guerrero Mambrú:

«No sé cuando vendrá...»

La abuela Francisca pensaba:

—Para las perdidas del arroyo son las alegrías tumultuosas, las aventuras, la popularidad, el lujo... para las honradas, la soledad aburrida del hogar, la paz, el silencio... Pelo-Rojo murió joven: ¿y qué?... ¿Acaso hay en toda mi vida los placeres que ella amontonaba en una siesta?...

Las cenas en fondas y parajes de dudoso prestigio; los bailes de máscaras, esos viajes improvisados que parecen fugas... todo cruzó su cerebro en confusa visión cinematográfica; y por primera vez, después de haber consagrado toda su vida al bien, creyó sentir que hay en los hogares honrados y en la virtud algo seco que ahoga.

Pasaban los minutos; la habitación, con sus cortinajes y su severo mobiliario, naufragaba en la sombra; la lluvia repetía sobre el zinc de la ventana su canción de ensueño. De pronto se abrió una puerta, recortando en la alfombra del gabinete un rectángulo luminoso, y dos niñas de ocho á diez años penetraron corriendo, dejando flotar sobre sus hombros, llenos de gracia, sus cabellos rubios como el oro y limpios y brillantes como el sol.