—¡Abuela, abuela!—gritaron alegremente:—¡la cena está en la mesa! ¡A cenar!...

—Ya voy... ya voy—murmuró la anciana estremeciéndose.

Hablaba sin abrir los párpados.

—¿Tienes sueño, abuela?—preguntó una de las niñas.

Y la otra añadió imperativa:

—Corre, ven con nosotras; ¡anda!... ¡No te duermas, abuela!... Ven; luego nos contarás un cuento.

La abuela Francisca se dejó llevar; en el comedor la esperaban, como siempre, su yerno, su hija, don Alejandro; todos tranquilos, sentados alrededor de la mesa bajo la luz inmóvil y blanca del quinqué. La anciana ocupó su asiento. Don Alejandro preguntó:

—Tienes los ojos enrojecidos...

Y su hija agregó, llena de interés:

—¿Has llorado, mamá?... ¿Tienes pena? ¿Estás mala? Di, ¿qué te pasa?