Hubo varios momentos de expectación, durante los cuales las cucharas quedaron suspendidas entre el plato y la boca. Pero la abuela Francisca hizo un gesto negativo y empezó á comer, venciendo valerosamente el apretado nudo que el dolor la echaba al cuello. Prefirió callar; ¿cómo explicar su pena? ¿Quién hubiera podido comprender la tragedia que estaba desencadenándose bajo la nieve de sus cabellos?...

Aquel incidente se olvidó; la sopa estaba muy buena, el vino llenaba las copas, las niñas, de rodillas en sus asientos, reían. La abuela Francisca pensaba, tragándose sus lágrimas:

—¡No haber sido mala!... ¡Ni una vez!...

ENTRE ELLAS
———

Mariana: treinta y cuatro años; viuda.—Luisa: dieciocho años; soltera. Aparecen sentadas en dos cómodos silloncitos enanos y con los pies sobre los morillos de la chimenea encendida.

Mariana.—A todas las mujeres nos sucede lo mismo. Primero luchamos por conquistar un novio, luego batallamos por enloquecerle y rendirle á nuestro talante; las inquietudes que nos atormentaron durante el noviazgo se recrudecen la semana anterior á la boda y después...

(Pausa.)

Luisa.—¿Después?