M.—¡Qué sé yo!... Diríase que la misma intensidad de las emociones relaja la tonicidad de los nervios y apenas comprendemos lo que sucede.

L.—Pero, ¿es cierto que el matrimonio es la triaca del veneno del amor?

M.—¡Oh! ¡Quién sabe!... A veces parece que queremos al marido más que al novio: otras diríase que el cariño muere á manos de la costumbre.

(Pausa.)

L.—Dime; ¿qué secretos, qué misterios, qué locuras hay en la intimidad del matrimonio?

(Mariana ríe burlona.)

L.—(Amostazándose.) ¡Bah! ¿Te ríes de mi pregunta?

M.—Sí, me río... ¿Cómo no?

L.—Ninguna de mis amigas casadas quiso decírmelo.

M.—¡Naturalmente! La mujer, al contrario del hombre, es gran avara de sensaciones; sin duda porque en los lances del amor desempeña un papel pasivo, y esta pasividad implica caída, vencimiento, vergüenza...