L.—No comprendo.
M.—¿Cómo así?... Todo ello es bien claro. Daniel, por ejemplo, ¿no ha intentado besarte la mano?
L.—Sí.
M.—Pues si él reclamó ese pequeño favor y tú se lo concediste, créeme; la vencida fuiste tú. Conque imagina que muy pronto te unirás á él, esto es, le pertenecerás completamente; no tendrás derecho á regatearle tus caricias, ni á poner coto á sus exigencias; y el marido ya no querrá besarte la punta de tus dedos enguantados, sino que te estrechará entre sus brazos y dispondrá de ti á su antojo... y tú le dejarás hacer... ¿Quién será la vencida? No lo dudes. En el mundo sólo hay vencedores y vencidos, y el Destino quiso que el último papel lo representásemos nosotras.
(Nueva pausa, durante la cual la joven se frota las manos nerviosamente.)
M.—¿En qué piensas?
L.—En todo eso... ¡Es extraño! Voy á casarme y no experimento regocijo intenso.
M.—¿No quieres á Daniel?
L.—Sí, pero...
M.—¡Cómo! ¿Es posible que ese hombre ya tenga peros para ti?