L.—¿Qué, te asusto?

M.—Soy viuda y no puedo asustarme de nada, pero... sabes demasiado.

L.—Nada sé, pues nada he aprendido: todo esto lo adivino, lo presiento... Por eso me disgusta Daniel.

M.—Haces mal: Daniel te respeta porque es hombre educado, incapaz de abusar...

L.—(Interrumpiéndola y con despecho.) ¡Malhaya la educación que hiela el alma; malhaya el respeto que mata el cariño!...

M:—¡Pobre soñadora!

L.—Sí, dices bien, ¡pobre de mi!... Porque es muy difícil la felicidad en brazos de un marido así. El hombre que yo imaginaba cuando empecé á sentir los primeros cosquilleos del sentimiento, era muy distinto. Nunca pensé en que fuese rubio, ni moreno, ni guapo, ni feo... me era indiferente; sólo me preocupaba su carácter, su alma... Yo queria un corazón de fuego; un hombre que se mirase en mis ojos, que bebiese la vida en mis labios, que tuviese todos los desplantes y los brutales arrebatos de los temperamentos ardientes, y que me amase mucho, mucho... Me imaginaba hablando con él y le veía sumiso, sin atreverse, casi, á poner sus deseos en mí... Y también me le representaba enloquecido, atropellando miramientos, cogiéndome entre sus brazos y sin curarse de nadie...

M.—¡Luisa, Luisa... si te oyese Daniel!...

L.—¿Y qué?... Entonces me conocería y tal vez cambiase...

M.—(Con hipocresía.) Debemos hacernos respetar.