L.—Convenido; pero concede también que los hombres no deben pujar su respeto tan lejos; porque si ellos lo hacen todo, ¿qué haremos nosotras?... Si ellos no suplican, ni atacan, ¿cómo podremos defendernos? Dime, ¿es cierto que no hay nada tan aburrido, tan estúpido, como un hombre siempre respetuoso?
(Daniel y el anciano vizconde de Marimón se acercan lentamente al salón donde están Luisa y Mariana.)
Daniel.—Luisa es una mujer excepcional.
Vizconde.—Seguramente.
D.—Cándida, sin la menor idea del amor...
V.—No afirmaría yo tanto.
D.—Usted es un escéptico sistemático.
V.—Usted un niño sin experiencia...
D.—¡Bah! tengo bastante mando para saber que Luisa me ama con frenesí.
V.—¿En qué lo conoce usted?