D.—En sus ojos, que no mienten.

V.—¿Eso es todo?

D.—En sus miradas.

V.—¿Nada más?

D.—¿Qué más puede conceder una mujer inocente?

V.—Una mujer inocente... conforme; pero una mujer enamorada... suele otorgar muchísimo más.

(Entran en el salón.)

D.—¡Hola, señoras mias! ¿De qué hablaban ustedes?

M.—De música.

L.—De perfumes de flores... Yo le decía á Mariana que la mejor esencia es el Chipre... Ella prefiere la violeta de Parma.