Ella, su mujer, era alta y hermosa, con esa hermosura mate de los temperamentos ardientes; el talle largo y esbelto, el semblante vivificado por la expresión inolvidable de sus ojos: ojos de calenturienta, con mucho negro y mucha luz en la pupila...
Al principio parecióme inverosímil que aquel macho débil fuese dueño de hembra tan poderosa: después fuí muy amigo de los dos: él logró conmoverme con su melancólico empaque de niño enfermo; ella, por el contrario, me sugestionó con sus apasionamientos y sus criminales ardores de hermosa bestia encelada; terrible como Pandora y, como ésta, fuerte y adorable.
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—No, no le quiero—me dijo con voz vibrante de rencor;—pocos días después de casarnos, ya no le quería. Es insignificante, es débil, es vulgar... y mi temperamento salvaje de artista odia lo pequeño. Yo anhelaba un esposo como Nana-Saib, no un habitante del Liliput...
Me había recibido en el despacho, para que mi presencia no fuese sospechosa á la servidumbre, y desde el sitio donde me hallaba veía claramente su rostro pálido iluminado por la luz del quinqué colocado sobre la mesa.
Yo estaba sentado en un sillón; ella delante de mí, devorándome con sus rasgados ojazos negros en los que bullía el turbulento silabario de los amores ardientes.
—Le odio—continuó;—á su lado siento frío, ese frío repulsivo que inspiran los anfibios; y cuando sus labios me besan ó sus manos yertas me acarician, mi cuerpo vibra como si sobre él se deslizase un caracol...
Tras un momento de silencio, agregó:
—Di, ¿me crees?
Había tanta ansiedad en su interrogación, que depuse toda reserva.