—Sí, te creo—dije—porque necesito creerte para vivir. Necesito saber que eres mía en cuerpo y alma, que vives para mí, que te engalanas tanto, para gustarme más, que soy el amante de tus pesadillas...

Sugestionada por las zozobras que en mi corazón producían los tormentos del suyo, manifestóse tal cual era, revelándome el gran secreto, el misterio criminal de su existencia de mujer casada; y lo dijo deprisa y con extraños barboteos, cual si una mano invisible la apretase fuertemente el cuello.

—Quiero ser tuya completamente—prosiguió;—para ello necesito enviudar... y, créeme... enviudaré muy pronto...

Y como yo hiciese un gesto de horror, exclamó sonriendo con su espantosa risa adorable de sirena:

—No te figures que soy una de esas criminales adocenadas que emplean el cuchillo ó el veneno. ¡Nunca! ¡yo no soy vulgo!... El beleño por mí empleado no cabe en ninguna fórmula química; es intangente. El morirá y morirá entre mis brazos, sus yertos labios apoyados sobre los míos, bendiciéndome... ¡Morirá de amor!... Todas las noches, aunque no quiera, le sirvo una buena dosis de dulce veneno. La muerte viene á pequeñas jornadas, pero viene... y ten por cierto que del tremendo drama no quedarán rastros...

Así habló ella, la adorable fiera sobre cuyo seno iba quedando exangüe aquel horriblemente bufo polichinela del matrimonio...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Otro día conversé con él...

Tan débil, tan lacio, con sus labios anémicos, su mirada incierta y su cráneo desdibujado de idiota. Me habló de ella.

—Me quiere mucho—dijo;—durante el día, no bien estamos solos, acude á sentarse sobre mis rodillas, me estrecha la cabeza entre sus manos, me adormece con las palabras más suaves, me besuquea en los labios..... ¡Oh, unos besos muy fuertes, muy duraderos, que si bien me hacen muy feliz, también me causan infinito daño!...