Calló para destoser con esa tosecilla seca, entrecortada, de los tísicos; luego continuó:

—Por las noches su cariño se exacerba más aún. Ahora, como estoy tan delicado, no voy al teatro casi nunca; además, si alguna vez me acomete el antojo de ir al café, ella me lo quita de la cabeza. Pues bien; ella es quien me da el brazo para ir desde el comedor al dormitorio, quien me desnuda, quien me tibia el lecho acostándose antes que yo... Y ya ensabanados, ¡con qué esmero me abriga y sube el embozo, echándome los brazos al cuello y cosiéndose á mi como niña miedosa!... ¡Ay! ¿Qué quieres? Reconozco que estos excesos de cariño me son fatales, pero ella me quiere tanto que no sabe reprimirse... y yo tampoco acierto á regatearla mi amor.

La voz doliente de aquella pobre víctima explicando y disculpando las crueldades de su verdugo, era altamente conmovedora.

—Y tú, ¿la quieres?—pregunté.

—¿Yo? ¡Con toda mi alma! No tengo padres, ni hijos; mi único bien es ella. Si ella me faltase, me moriría...

Habló de sus proyectos, de sus ambiciones. En cuanto llegase el verano iría á baños; luego, si lograba restablecer un poco los descalabros de su salud, emprendería algún negocio.

—Y esas expediciones, ¿las harás con ella?

—¿Cómo no—repuso,—si ella es mi cielo y mi tierra... todo?...

Aquellos diálogos no pueden borrarse de mi memoria. La temible catástrofe no ha ocurrido aún, pero puede suceder hoy, mañana... cualquier día. El decae visiblemente; sus piernas se arrastran por el suelo; sus ojos se cierran, la fiebre estremece sus labios descoloridos... Ella, en cambio, es la hembra alta y poderosa de siempre, con su rostro marfileño y sus ojos fulgurantes de loca: nunca le deja y á todas partes le lleva trabado del brazo.

¡Oh, la quiero mucho, mucho!... Con una de esas pasiones bravías que sólo saben inspirar los malos; mas, no obstante, me repugnan su crimen y la estúpida candidez del mártir, y me acometen tentaciones de descubrir á éste el peligro que corre.