Pero, ¿para qué? Es inútil; la sentencia que le condena á morir es irrevocable: sin ella, le mataría la pesadumbre; con ella, le matará el deleite...
Que siga, pues, así.
¡Es tan dulce morir soñando!
AGUAFUERTE
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La embarcación rompía suavemente el agua dejando tras sí una estela brillante como reguero de menudos cristales; las primeras sombras crepusculares invadían el espacio; sobre el mar inmenso, el lucero vespertino derramaba su resplandor frío; las olas, que encrespó la caricia del viento, se hundían al llegar junto al frágil esquife que pasaba sobre ellas como una caricia, amasándolas; las gaviotas huían enderezando hacia la playa el vuelo.
Federico y Daniel, sentados el uno delante del otro, remaban á compás; se habían quitado la camisa, y bajo sus elegantes camisetas de seda temblaban los músculos pectorales, los biceps vigorosos y ágiles, y toda su enérgica complexión de aristócratas aficionados á los duros ejercicios de la gimnasia y de la esgrima.
Desde popa, donde iba llevando las cuerdas del timón, Elisa Dantín envolvía á los dos hombres en una mirada extraña. Representaba veinte años: tenía el rostro pálido y un dejo de vaga pesadumbre embellecía sus labios; sus ojos negros eran crueles y fríos; bajo el talle esbelto, sus caderas amplias de mujer sensual dibujaban una doble curva firme y armoniosa.