—No—repuso ella,—sigamos; el tiempo es muy hermoso.
El bote continuó avanzando hacia alta mar, moviendo sus remos que hendían las olas sin ruído, como un gigantesco insecto de cuatro patas. Las costas, ya distantes, recortaban bajo el cielo una silueta negra y borrosa; las luces palidecían en la niebla rodeadas de un nimbo glauco; allá, los mástiles de los buques anclados formaban una especie de bosque escueto y triste; las estrellas iban encendiéndose poco á poco, y su luz bruñía la blanca cresta de las olas. Elisa Dantín miraba á los remeros.
Aborrecía á Federico, su marido, que la adoraba. Elisa no era responsable de aquel odio que vanamente procuró domeñar; que los cariños y los desvíos son como plantas parásitas que nacen donde quiera, sin necesidad de que la mano cuidadosa del jardinero las siembre ni agasaje. ¡Y qué tormento aquel de vivir unida á un hombre cuyo trato iba siéndola insoportable de día en día! Fingiéndole amor, complaciendo sus deseos, ofreciendo sus labios á sus besos, acariciando lo que hubiese querido herir... Y así siempre, una noche y otra, para luego, á la mañana siguiente, volver á representar ante el mundo el papel, tristemente cómico, de una felicidad perfecta.
—¿Hay nada más horrible—pensaba Elisa—que ser amada por un hombre odiado?
Y hubo, en el callado curso de sus meditaciones, una pausa que parecía responder al silencio augusto del mar y de los cielos en calma. Daniel preguntó:
—Elisa... ¿quiere usted que volvamos á tierra?
Ella le miró duramente, con rencor; después, hablando en voz muy baja, como soñando, repuso:
—No, no... sigamos, sigamos...
La embarcación continuó en línea recta, rompiendo las olas. A la izquierda se erguía el faro, con su luz triste, bienhechora como la sombra de los eucaliptos; más allá estaba el Océano, negro, impenetrable, reposando sobre abismos donde nunca penetró el sol. Elisa Dantín reanudó su soliloquio.
Sí, hay algo peor que ser amada por quien se aborrece—pensó,—y es querer á un ingrato...