Miró á Daniel, tan joven, tan apuesto, tan falaz, que parecía esquivar el relampagueo de sus ojos mirando á otra parte... Daniel y Federico se querían como hermanos; le conoció poco después de su matrimonio; él regresaba de una larga excursión por Oriente; volvía alegre, sediento de emociones, codicioso de referir las aventuras que corrió por aquellos lejanos países del sol. Daniel fué enamorándola con atenciones y palabras: después la declaró su pasión, que ella rechazó indignada; pero su protesta era tardía; cuando quiso olvidarle ya no pudo y fué suya... Meses después Daniel la olvidaba por otra mujer.

Bajo el calor bochornoso de aquella tarde de Junio, Elisa Dantín sentía que todas sus malas pasiones se exasperaban. Veía á Daniel decidor, impúdico, riendo feliz entre los brazos de sus nuevas queridas, y el odio que encienden los celos nublaba el pensamiento de la desdeñada. Por él traicionó á su marido, y burlándose supo aborrecerle; por él aprendió el camino del adulterio y de la mancebía. ¿Y para qué?...

—Le odio tanto como á Federico, acaso más... pues me quitó el consuelo de ser honrada...

Elisa comprendía que su pobre espíritu estaba sometido á las dos grandes torturas, límite de todos los sufrimientos pasionales: querer al que desprecia, odiar al que nos ama... Ella, por tanto, padecía toda suerte de sufrimientos: el amor que negaba á Federico, nadie lo quería; su honor era como rosa marchita, caída en un camino; ¿qué podría disculpar su adulterio?... Una idea que hasta allí anduvo vagando por los más ocultos escondrijos y desvanes de su pensamiento, surgió de pronto aterradora, fría, centelleante, como el zig-zag de una arma blanca.

—¿Y si yo me deshiciese de los dos?

Tembló y procuró pensar en otra cosa; pero la idea terrible resurgía tentadora, irresistible... Aquellos hombres estaban á merced suya; en ella convergieron los voraces apetitos de los dos; aquel deseo podía convertirse instantáneamente en odio; bastaba un gesto... una sola palabra de sus labios... para precipitar al uno sobre el otro y obligarles á reñir hasta despedazarse, ¿Para qué sufrir? ¿Acaso no valía la muerte del amante la vida del marido?... Muertos ambos, ella quedaba libre: la destrucción es santa; no se puede edificar donde hay ruínas; la piqueta debe preparar el campo á la paleta y á la plomada... ¡Y tanto bien, podría alcanzarlo con sólo querer!...

Elisa Dantín sonrió satisfecha, como reirían los viejos tiranos. Federico preguntó:

—¿Volvemos?

Ella repuso distraída:

—Me es indiferente; como queráis...