Ellos viraron la embarcación; Elisa Dantín volvió á pensar:

—¡Si yo hablase!...

Pronto, antes de una hora, llegarían á tierra; la tierra era para ella la esclavitud, el disimulo, el secreto martirio de todas sus horas... ¿Por qué no hablar?

—Una frase... menos aún, una palabra... una sola palabra mía... bastaba...—repitió Elisa.

Miraba á Federico y á Daniel para aumentar el caudal de su odio; evocó recuerdos crueles: su caída, sus remordimientos, sus celos, su abandono; recompuso escenas repugnantes... La medida estaba bien colmada; aun tuvo vagos titubeos; luego habló; fué como una basca...

—Daniel—dijo,—¿me quieres?...

Y sus ojos soportaron impasibles el choque de las miradas atónitas que sobre ella lanzaron los dos hombres: los remos quedaron suspendidos en el aire, goteando.

—¿Qué decía usted?—preguntó Daniel.

—¡Oh, no disimules!—repuso la joven, cuyo cuerpo parecía haber adquirido súbitamente la rigidez de las estatuas; estoy cansada de fingir; te quiero... y tenía ganas de decirlo así... en voz alta.

Federico lanzó un grito y se puso de pie.