—¡Elisa... Elisa!... ¿Qué... qué has dicho?...
Ella, siempre inmóvil, replicó lentamente, como presa de un vértigo tranquilo:
—¡Bah!... Dije... lo que saben muchos; que Daniel es mi amante...
Este, fuera de sí, se había levantado, murmurando:
—¡Ah, miserables!... Sin duda urdisteis este plan para asesinarme...
Bajo los nerviosos pies de los dos hombres, la lancha comenzó á oscilar violentamente. Aquel inesperado desbordamiento de cólera fué como uno de esos rayos que durante los calurosos crepúsculos estivales rasgan la extensión del espacio azul.
Federico vacilaba, pasándose por la frente sus manos de remero, morenas y duras. De pronto exclamó, cual si la luz hubiese brotado repentinamente en su cerebro:
—¡No, yo no!... ¡Vosotros!... ¡Miserables, vosotros, que me engañábais!...
Abrió los brazos precipitándose sobre Daniel, que le esperaba con los suyos abiertos, y se estrecharon frenéticamente, magullándose, con las caras y los pechos juntos. Elisa Dantín, sin dejar su asiento, les contemplaba con la mirada impasible de las esfinges. Federico, más bajo que su enemigo, tras una finta hábil logró afianzarle por la cintura y levantarle en alto, pero Daniel le cogió fuertemente el cuello entre los dientes y pudo desasirse, cayendo de pie: el bote retembló y un golpe de mar lo salpicó de agua.
Súbitamente Elisa tuvo miedo, miedo á que uno de los dos sobreviviese á la lucha; ella anhelaba la libertad, la dulce libertad absoluta; ni amar ni ser amada...