Casi ahogado, como en un rugido, Daniel murmuró:
—Ven.
Asió á su rival por las piernas y quiso lanzarle por la proa; Federico, ya en el aire, puso un pie sobre una borda, la embarcación osciló y Daniel, perdiendo el equilibrio, cayó hacia atrás, en el mar, arrastrando á Federico. Sobre aquellos dos cuerpos las aguas se cerraron formando grandes círculos concéntricos; un turbión de burbujas ascendió á la superficie. Elisa Dantín, aterrada de su obra, se había levantado, mirando al abismo: transcurrieron pocos segundos... Los dos luchadores reaparecieron abrazados, mordiéndose, queriendo arrancarse algunos instantes de vida que ya no merecían el trabajo de ser defendidos: sus cabellos mojados colgaban sobre sus frentes; tornaron á hundirse... La joven esperó; las olas seguían pasando unas tras otras, enarcando sus lomos sobre la tumba recién abierta...
Transcurría el tiempo; la luna ya iba muy alta; Elisa miró á su alrededor: las barcas pescadoras se hallaban lejos y sus tripulantes nada podían haber visto; el faro, luciendo en la serenidad de los cielos, mostraba el camino de la salvación y de la paz; el pasado, el horrible ayer, quedaba sepultado allí, bajo el misterio impenetrable de las olas. Satisfecha de sí misma y del porvenir, Elisa cogió los remos y bogó lentamente.
LA MUERTA
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Aquella caseta de peones camineros fué puesta por orden de la Compañía al borde de un torrente seco, especie de cicatriz negra y profunda, abierta por una convulsión geológica entre dos cerros graníticos muy altos. En verano las agrias laderas de los montes colindantes se cubrían de verdura, y en el fondo de la cañada, bajo los jarales, los grillos cantaban: arriba, en la región azul, bañada por el sol, las águilas volaban pausadamente sumergiendo su mirada zahorí en las resquebrajaduras del planeta; pero el invierno desnudaba los cerros de molleja y apagaba el canto de los grillos, y la nieve caía silenciosamente sobre el cauce del torrente; cauce demasiado profundo, adonde las sonoras embestidas del viento no llegaban...
Allí vivía Martina, la mujer de Juan, el maquinista, llevando siempre en la mano el banderín verde que da á los trenes paso franco, y los ojos fijos en los túneles abiertos en las vertientes de los dos cerros fronteros...
Por aquellos agujeros, que en invierno aparecían sobre el fondo blanco del paisaje nevado como las cuencas orbitarias de un enorme esqueleto soterrado, entraba y salía continuamente, y como á borbotones, un flujo inagotable de vida que las locomotoras, en su eterno pasar y repasar, traían y llevaban de hora en hora.
Desde muy lejos, rompiendo el silencio de la angosta cañada dormida como una serpiente bajo la nieve, se oía el afanoso trepidar de los trenes que atravesaban los túneles. Entonces Martina dejaba su labor, cogía el banderín de señales y acudía á colocarse junto á los rieles. El cerro vibraba con un estremecimiento sordo, íntimo, como un hervor: era un gemido gigante de dolor que crecía, anunciando un parto monstruoso; hasta que del fondo del negro agujero, de aquella cuenca orbitaria perteneciente á un esqueleto ciclópeo perdido, aparecía el tren, avanzando en desaforada carrera: la locomotora, incontrastable y fatal como el Destino, se acercaba jadeando, arrastrando un largo rosario de vagones, paseando su panza ardiente sobre las llanuras heladas; y un minuto después desaparecía por el túnel del lado opuesto, con un estertor que menguaba, como algo moribundo que se despide hundiéndose...
La uniformidad de estas impresiones machacaban el espíritu de Martina: los trenes mixtos, con sus series interminables de vagones cerrados, no la emocionaban; eran coches mudos, sin alma, cargados de objetos muertos: en cambio, los expresos la impresionaban fuertemente, entristeciéndola: por las ventanillas de los coches veía cabezas que la miraban con curiosidad; cabezas siempre diferentes, que formaban legión y dejaban en su ánimo el recuerdo mareante de las multitudes. Otras veces, de noche, las ventanillas solían estar vacías; pero en cambio veía sombras fantásticas que se recortaban sobre los techos iluminados de los vagones. Una voz estaba segura de haber sorprendido las siluetas de una mujer y un hombre abrazados.