El tren que Juan conducía, Martina lo esperaba con más impaciencia. En cuanto la locomotora salía del túnel, el maquinista echaba el busto fuera de la plataforma para ver á su esposa desde lejos, y ella reía feliz. Era una ilusión fantástica, inapresable, de aquelarre.
—¡Adiós!
—¡Adiós!
La velocidad del tren no permitía otro saludo más expresivo, y Juan llegaba y se iba como una sombra: al principio parecía ser él quien arrastraba y regía la marcha de los vagones; luego diríase que el tren le empujaba... Y Martina, alta, fuerte, con su rostro moreno y sus grandes ojos pensativos de murciana, le veía alejarse permaneciendo inmóvil como una estatua de bronce, en medio de la nieve.
Aquel sempiterno tragín de trenes en marcha, aquel ir y venir de individuos avanzando siempre, más allá, más allá, hacia el horizonte, aquellas siluetas de amantes que se abrazaban sobre los blandos asientos de los vagones reservados, despertaron en la guardavía el deseo de lo desconocido, de lo lejano, del misterio que las leyes castigan... Y pensó que ella no merecía vivir así, sepultada en el fondo de aquel torrente, siguiendo en verano el vuelo sereno de las águilas bañadas por el sol, recibiendo sobre sus hombros en invierno los copos de nieve desprendidos del cielo gris.
Y por eso, una noche de soledad y de supremo aburrimiento, Martina oyó embelesada las palabras de Pedro, el fogonero que acompañaba á Juan en sus viajes, y que siempre, al pasar, la arrojaba desde el tamdem una mirada de hambriento deseo. Pedro la ponderó su amor, aquel amor criminal que había de hallar satisfacción cumplida cuando ella se determinara á fugarse, siguiéndole á una ciudad lejana... Y Martina le creyó y le quiso...
Desdo aquel día el exprés tuvo para ella un doble encanto: cuando Juan la saludaba, Pedro saludaba también, y su alma se estremecía con inquieto gozo viendo sobre el atezado semblante del fogonero, sus dientes que desnudaba la risa; aquellos dientes agudos y blancos que la habían mordido...
Pasaron muchos meses, y el ansiado día de la emancipación y de la fuga no llegaba; Pedro, aburrido de la guardavía, dejaba de verla alegando motivos y ocupaciones que nunca tuvo, y tan evidentes fueron las pruebas de su ingratitud, que Martina llegó á comprender...
Un remordimiento íntimo, creciente, devorador, como la carrera trepidante de los trenes bajo el túnel, se apoderó de la abandonada. Hasta allí la había servido de consuelo la conciencia de su virtud; pero al saberse burlada se apreció más sola, más triste, más insignificante que nunca, como bagazo humano despreciable arrojado junto á la vía por aquellas multitudes honradas que llevan los trenes.
Con la llegada del exprés siempre venía el saludo de Juan, que la miraba echando el cuerpo fuera del tandem: