—¡Adiós!

—¡Adiós!...

Pedro ya no saludaba, sonreía... con esa sonrisilla burlona con que suelen corresponder los hombres al saludo de las mujeres que engañaron.

Viéndose sola, completamente sola, con la soledad de los astros muertos que ruedan por el vacío, reconociéndose despreciada del amante é indigna del esposo, atormentada por la voz de su conciencia que murmuraba á todas horas en sus oídos un reproche interminable, atraída siniestramente por la perspectiva de los trenes que se acercaban ofreciéndola un medio instantáneo de liberación y de descanso, Martina pensó morir.

Y lo hizo como lo pensó.

Fué una tarde, á la puesta del sol. De pie, junto á la vía, con el banderín verde en la mano, la joven escuchaba el lejano fragor de trueno del exprés. Ella, que conocía muy bien todos los ruidos, sabía que el tren iba pasando un puente, situado más allá del cerro; luego comprendió que había entrado en la montaña; el estrépito, que al principio tornóse sordo y como opaco, fué creciendo, más, más... hasta convertirse en alarido formidable. La guardavía, inmóvil, inconsciente como una sonámbula, esperaba, los ojos fijos en el túnel, que mostraba su bocaza negra sobre el fondo blanco del monte nevado. De pronto apareció la locomotora. Juan, según costumbre, asomaba la cabeza para saludar. Martina le miró y miró al cielo, despidiéndose; luego, instantáneamente, se arrojó de bruces sobre los rieles, tapándose los oídos para no oir... y el tren pasó...

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Una cruz de piedra indica el sitio donde murió la guardavía. Alguien dijo que se había suicidado por celos y que su marido fué un mal hombre. Los maquinistas, cuando pasan por aquel sitio, se descubren siempre.