DISCRETEOS
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Jacinta.—Te aseguro que Enrique me gusta. Es bueno, es rico... es amable...

Adriana.—¡Oh, gustarte, gustarte!... Eso es muy vago, porque no hay hombre que sea absolutamente antipático.

J.—Es verdad.

A.—Te gusta Enrique como á mí me agrada Luis: un poco.

J.—No, mucho.

A.—Ea, pues mucho. Pero entre querer mucho y querer locamente, hay un pantano, donde naufragan las mejores ilusiones de la juventud soñadora. Antes de resolvernos á vivir con un hombre toda la vida, debíamos cerciorarnos de si le amamos con toda el alma.

J.—Dices bien.

A.—¡Mira que renunciar á la humanidad masculina por un esposo que, dos ó tres años después de la boda, puede parecernos el más insignificante de los hombres!...

J.—Es absurdo.