A.—Es horrible entregar toda nuestra hermosura á un feo sin talento.
J.—Sí, horrible y ridículo. No obstante, importa casarse. El mundo es vulgar, hipócrita... y conviene sacrificarse al buen parecer y satisfacernos con una modesta medianía.
A.—¿Luego, no quieres á Enrique?
J.—¡Oh!... Sí le quiero.
A.—¿Un poco?
J.-Como tú á Luis.
A.—Y como quieren á sus novios las tres cuartas partes de las mujeres que se casan. Porque ya conocerás algunos hombres mejores que tu futuro esposo...
J.—¡Conozco muchos!
A.—Yo, también: casi estaba por decir que mi novio es de los muchachos menos simpáticos que me han cortejado. Pero, en fin; urge decidirse y nosotras somos dos mujercitas discretas que saben poner los puntos sobre las íes y arreglar su porvenir. Enrique y Luis tienen sobre los demás hombres la inmensa ventaja de ser galanes propicios al casorio. ¡Cuán lejos están ellos de presumir que al otorgarles nuestra mano consumamos una venta! Porque, fíjate: la inacabable comedia del amor convierte á la sociedad en un gran mercado: los hombres compran; las mujeres se venden. Todas nos vendemos, todas... Las meretrices, por dinero; las honradas, por una bendición...
J.—Eres muy mordaz.