A.—No, soy muy justa. Nosotras, que dada nuestra posición social no osaríamos tener un amante, nos entregamos sin protesta á cualquier advenedizo que se case, cediéndole cuanto poseemos á trueque de su apellido. ¿Comprendes?... El matrimonio es el mercado donde se tasan y se venden las mujeres honradas.

J.—(Con tristeza) Es cierto.

A.—Y lo más famoso es que nosotras somos las principales autoras de nuestra desgracia: nacimos cobardes, tenemos demasiada prisa en casarnos, temiendo quedar solteras, y en vez de luchar por rendir la voluntad de esos calaveras contumaces que tanto gustan, nos abandonamos fríamente entre los brazos de cualquier individuo adocenado que se case. Queremos ser felices en seguida, sin combate, sin afanes, y la felicidad que no cuesta trabajos y lágrimas, no puede ser larga ni valedera. Pongamos un ejemplo. ¿Tú serías dichosa con Juanito Pantoja?

J.—¡Oh! ya lo creo.

A.—Lo reune todo: la gentileza, la donosura de entendimiento, la verbosidad apasionada de los hombres ardientes. Podrá mentir cuando habla de amor, seguramente miente... pero, ¡qué bien lo hace!... Es el suyo un embuste bellísimo que vale una realidad.

J.—(Reflexiva.) Cierta noche me dijo que se moría por mí.

A.—También á mí me juró algo igual. Es un hombre encantador, que se muere por todas. Confieso que me agrada infinitamente más que Luis.

J.—¡Toma!... Y también vale mucho más que Enrique.

A.—Ahí tienes. Comprendo que una mujer resbale y caiga con hombres como Juanito Pantoja; pero no concibo que ninguna se pierda ni por Enrique ni por Luis.

J.—Yo tampoco.