Rendido á la Fatalidad, poderosa como la muerte, Enrique, con la voz velada de los sonámbulos, repuso:

—¿No lo ves?... Como siempre... A dormir contigo...

POR UNA ERRATA
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Desde muy joven su imaginación soñó amores difíciles: las novelas del viejo Lamartine, los versos de Otello, las cartas de Werther, deslizaron en la sangre de Julio Riego su ponzoña suicida; cualquiera mujer le apasionaba con pasión loca que no hubiese dudado ante el atropello ó violación de lo más santo; tenía el doble anhelo de lo sublime y de lo raro y envidiaba á Safo más que á Paón; á Safo amante, ganando la inmortalidad con la trágica elipse que describiera arrojándose al mar desde el promontorio Léucades.

—¡Morir!—pensaba Julio,—¿qué importa morir, si muriendo perpetuamos nuestro recuerdo en la memoria del ser desdeñoso y adorado?

Tal era su credo: los desaires de la fortuna robustecieron su opinión; iba cruzando por el mundo como en éxtasis, el busto rígido, los ojos esclavizados en la ilusión paradisíaca del supremo amor, alzándose despreciativamente de hombros bajo la befa de la humanidad miserable que puede olvidar.

El no sabía hacer esto; por nada hubiese cambiado de ídolo ni de fe; antes que destruir su altar, era preferible, acabar, como Sansón, entre los escombros del templo: sólo así lograría la veneración de aquellos escogidos que erigieron el amor y la fidelidad en religión. Fortalecido por este criterio, miraba serenamente al tiempo que todo lo trueca y desune: él no sería uno de tantos; él moriría antes que renegar de su fe. ¿Qué queréis? El romanticismo ha matado más gente que el arsénico. La figura de Julio Riego traducía su carácter fielmente: era un tipo sentimental, delgado, alto y nervioso; el mirar reposado y penetrante, la frente triste, aguileña la nariz; sus largos cabellos negros se abullonaban sobre las orejas de su rostro pálido, con palidez mortuoria, como anegado en la aureola de un martirio previsto: su voz calmosa, sin timbre, como velada por un suspiro que tuviese atravesado en la garganta, parecía venir de muy lejos ó de muy hondo.

Pasados tres ó cuatro años de relaciones íntimas, Julio y Mariana Paredes riñeron. Ella era tiple de zarzuela; un cuerpo hermoso informado por un espíritu sano y fuerte, enamorado del mundo, que gustaba de reir á carcajadas bajo el alegre Sol, padre de la Vida. Durante los primeros meses, la melancolía de Riego interesó su imaginación; la nostalgia es misterio, porque toda alma triste parece ocultar algo, y el misterio atrae: después continuó tolerándole por miedo, temiendo que su desvío le indujese al suicidio; más tarde, la callada presencia de aquel espíritu tétrico mordido por todas las Furias de la desconfianza, la desesperación y los celos, llegó á serla intolerable y decidió romper con él. Aquella vez no ocurriría lo que otras; estaba resuelta á recobrar su libertad antigua; reñirían para siempre: sus palabras tendrían autoridad inapelable.