Hay una memoria, que los psicólogos llaman sensitiva, en virtud de la cual, los músculos, obedeciendo el impulso primero de la voluntad, nos llevan adonde pensamos, aun cuando la cascabelera imaginación esté preocupada y distraída con otras fantasías. En Enrique, la intensidad de su preocupación y de su dolor, borraron hasta las últimas manifestaciones de esta memoria orgánica, y concluyó por no saber adónde iba ni por dónde andaba...
—¿Qué barrios son estos?—pensó;—¿qué vengo á buscar aquí?...
Y, sin embargo, andaba, andaba... con perfecta inconsciencia de tiempo y de la distancia, arrastrando la cadena que creyó rota.
Ya era muy tarde; los transeuntes escaseaban, los tranvías habían dejado de circular; en los quicios de algunas puertas insinuábase la silueta borrosa de un sereno dormido: al atravesar una plaza desconocida, Enrique oyó la voz de una mujer que vendía café caliente.
—Debe de estar amaneciendo—pensó.
Prosiguió andando lentamente, á través de la inmensa ciudad dormida bajo un manto de nieblas... El recuerdo de Gabriela llenaba su memoria, enloqueciéndole: «Ella me quiere, yo la adoro... y no obstante... ¡todo ha concluído entre nosotros!... ¡Todo!...»
Empezaba á clarear. De pronto Enrique se halló en una calle que conocía y delante de una casa que le era muy familiar y muy querida: la casa de Gabriela: sus piernas, que le condujeron allí tantas veces, le habían llevado una vez más. Era algo fatal, como el concierto de los astros... El sereno acudió á abrirle la puerta.
—Buena madrugada, señorito. Hoy se retira usted muy tarde... La señorita estará impaciente.
Enrique, sin responder, cruzó el zaguán, subió las escaleras y llegó al cuarto de Gabriela. Ella, que había reconocido sus pasos, salió á abrir sin darle tiempo á llamar: en su semblante la desesperación y la alegría pintaban una máscara extraña.
—¿A qué vienes?—preguntó.