—¿Temor? ¿Y á qué?... Además, no pienso volver. Todo lo que pido puedes enviarlo á mi casa.
Ella comprendió que la cobardía de su amante le quitaba el último refugio, la última esperanza, y sus ojos se anegaron en lágrimas.
—Bien está—dijo:—todo se hará según tu deseo.
—Pues... adiós.
—Adiós.
Sin sacar las manos de los bolsillos para despedirse, atravesó la habitación con paso tácito, hundiéndose en la obscuridad de una puerta: ella le siguió con los ojos asombrados del morfimano que asiste al mudo desfile de un cortejo fantástico... Enrique llegó al recibimiento, abrió la puerta y salió cerrando tras sí. Al ruido que hizo la puerta, contestó la abandonada con un grito agudo...
Ya en la calle, Enrique echó á andar camino de su casa: en su atolondrado pensamiento sólo esta idea se agitaba:
«Mi pasado ha muerto: ella no me llamará; yo tampoco puedo ir á verla. ¡Todo ha concluído!...»
Y mientras andaba, aquella frase, horriblemente desoladora, volvía á sus labios:
«¡Todo ha concluído!...»