—¿Para siempre?
Le miraba fijamente, traspasándole con una de esas miradas desesperadas con que los moribundos se despiden de la luz: él, al principio, sostuvo aquel mudo escrutinio; luego, desconcertado, bajó los ojos. Después, haciendo sobre sí mismo un gran esfuerzo, murmuró:
—Sí, para siempre...
Ella lanzó un grito estridente, cual si la arrancasen á túrdigas las entrañas, y se desplomó en una silla, echándose de bruces sobre una mesa, ocultando el rostro entre las manos. Escenas como aquella ocurrieron muchas veces, pero nunca, hasta entonces, tuvo la visión neta, desgarradora, de que la separación iba á cumplirse. El quedó en pie, las manos metidas en los bolsillos, inmóvil y rígido dentro de su gabán abrochado. Hubo un largo silencio. Hasta aquella pobre boardilla suspendida en el espacio bajo el declive de un tejado, los ruidos de la calle ascendían confusamente: el viento gemebundeaba en la chimenea; de las paredes enjalbegadas pendían cromos y viejos retratos de parientes muertos; sobre la cabeza despeinada de la mujer jadeante de dolor, un quinqué vertía á raudales su luz fría... Todo ello hablaba á la imaginación del amador, con la voz dulcemente conmovedora de los recuerdos: la cómoda, en cuyos cajones las ropas de ella y las suyas yacieron reunidas varios años, los retratos de todas aquellas personas muertas, cuya sencilla historia de gente plebeya él conocía; el ramo de flores secas suspendido en el ángulo de un espejo y que recordaba un día feliz... Y revivió las dulces noches de invierno pasadas bajo la luz serena del quinqué, leyendo el mismo libro de amor con las cabezas juntas, enajenando sus almas en el mismo deseo... Entre las cuatro paredes de aquella casa y á trueque del corazón que le dieron, Enrique reconocía haber dejado el suyo en rehenes; sin embargo, urgía destruir de una vez el vergonzoso pasado, crearse una posición respetable, echar los cimientos de un porvenir tranquilo y decoroso: para lograr tanto, iba á casarse con una linda joven, algo patricia, que le traía en dote medio millón de pesetas.
—Me voy—repitió Enrique;—hora es ya de romper la cadena que nos une: devuélveme mi retrato y mis cartas.
Gabriela levantó la cabeza mirándole con ojos brillantes, inyectados en sangre, que la rabia y el dolor inmovilizaban.
—Mañana te los daré.
—¡No; ahora mismo!... Los necesito ahora, en el acto.
Reclamaba lo suyo tan perentoriamente, comprendiendo que, si volvía, ya no sabría marcharse: ella, sospechándolo así, procuró traerle de nuevo á su casa, para aprisionarle en el hechizo de aquellas paredes y de aquellos buenos muebles familiares, y vencerle.
—¿Temes volver?—preguntó Gabriela.