LA CADENA
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—Soy fatalista—prosiguió Enrique,—y creo que cuanto el Destino escribió en el libro que rige el porvenir de los hombres y de los mundos, se cumple aquí abajo, sin que nada, ni aun la misma muerte, pueda evitarlo...
—¿Y qué?—preguntó Gabriela, clavando en los ojos del joven los suyos, penetrantes como la punta de un bisturí.
—Que nuestra separación estaba prevista desde há tiempo en el índice de los destinos, y que la hora de la emancipación ha llegado.
—¿Serás capaz de abandonarme?
—Sí.
—¿Sin dolor?
—¡No!... Con gran dolor y quebranto gravísimo de mi alma. ¡Pero te dejo!...