—¿Para qué nacimos?—decíase Pedro,—¿es posible que esta juventud y esta sangre bullente que hormiguea por mis miembros, y todas estas varoniles energías deben languidecer en el tedio y emplearse únicamente en la contemplación de la muerte?... ¿Para que viajar, si el mundo es un lugar de condenación que el espíritu infernal llenó de trampantojos y asechanzas?... ¿Para qué anhelar la gloria, si todo es humo y de nuestro paso por el mundo no quedará recuerdo? ¿Para qué amar, si nuestra carne está maldita y Dios castiga por toda una eternidad en nuestros hijos la falta imborrable de nuestros primeros padres?...
El sol declinaba rápidamente y las sombras crepusculares iban invadiendo los campos: la brisa susurraba entre el follaje, los insectos se perseguían bajo la hierba; allá lejos, un ruiseñor entonaba la canción de sus amores...
—No—murmuró Pedro con voz sorda,—Kempis tiene razón; el mundo es malo, pues siempre, á despecho de todas las ficciones, la muerte concluye triunfando de la vida...
A despecho de estas ascéticas reflexiones, Pedro continuaba absorto, viendo un rostro pálido de mujer que le sonreía desde lejos...
De pronto aparecieron, á corta distancia de allí, un hombre y una mujer joven y muy bella; caminaban lentamente, cogidos del brazo y tan cosidos el uno al otro, que casi se besaban hablando. Pedro se incorporó bruscamente, avergonzado, sintiendo que toda su sangre afluía á sus mejillas. Los amantes iban acercándose; ella hizo un esguince burlesco, indefinible, señalando á los seminaristas; él dijo algo y ambos se echaron á reir. Pedro bajó los ojos...
En su imaginación continuó viendo á los dos amantes: él, joven, caminando con la orgullosa petulancia de los mozalbetes que van acompañados de una mujer guapa; ella vestida con un trajecillo claro, bajo el cual se vislumbraban las curvas opulentas de su cuerpo, nalgueando con impúdica majestad, mostrando una doble hilera de blancos dientecillos entre dos labios rojos que la felicidad de vivir entreabría... Luego oyó Pedro el ruido cadencioso de sus pies que avanzaban resbalando sobre la menuda arenilla del camino... Y el seminarista, sin saber por qué, bajó la cabeza con esa vergonzosa tribulación que deben de sentir los eunucos ante las mujeres hermosas. Al pasar junto á él, Pedro oyó que la joven murmuraba:
—¡Qué triste está!... ¡Pobrecillo!...
Y sintió que sus párpados se llenaban de lágrimas. Después levantó la frente para verles marchar. Proseguían su camino indiferentes á cuanto les rodeaba; ella, titubeando las caderas, feliz bajo la vigorosa caricia del brazo varonil que la oprimía. Aquello era algo muy hermoso; un poema pasional recitado á través de los campos; el prólogo de una posesión, el amor omnipotente que pasaba empujando á sus elegidos hacia los lugares secretos...
Pedro continuaba persiguiéndoles con los ojos: la brisa soplaba mansamente, los pajarillos se arrullaban entre el boscaje, de la tierra ascendía un vaho afrodisíaco que excitaba los nervios. ¡No, Kempis, al proclamar el triunfo de la muerte, no tuvo razón!
De pronto, Pedro volvió en sí: el libro había resbalado de sus rodillas y yacía en el suelo; con los ojos abiertos y los dientes apretados convulsivamente, Pedro, inmóvil, yerto y pálido como la imagen del dolor, se retorcía las manos con desesperación, renegando de su destino, y lloraba... lloraba...