—¿Pa qué?
—¿No lo presumes? ¿No está diciéndotelo ese corazón que quieo arrancarte á mordiscos?...
Fermín era ágil, fuerte y más alto que su enemigo, pero Juan Antonio era recio de cuerpo y tenía hombros cuadrados y brazos membrudos. Los dos hombres se miraron friamente, midiéndose con los ojos, buscando un sitio en donde herir: luego, simultáneamente, sin detenerse á sobreexcitar su enojo con vanas palabras, se arremetieron. Durante algunos momentos lucharon rabiosamente, sin que las piernas de ninguno de ellos flaqueasen; luego se separaron y antes de que Juan Antonio pudiese hurtar el golpe, Fermín se abalanzaba sobre él, traspasándole el cuello con una faca. El mozo giró sobre sí mismo, dió algunos pasos vacilantes, y cayó al suelo de bruces, muerto...
Fermín, fuera de sí, echó á correr hacia su casa: Marcela; al verle entrar demudado y con las manos teñidas de sangre, lanzó un grito y corrió á su encuentro, mirándole con ojos donde había una pregunta desesperada.
—Sí—repuso el guardabosque:—le he matao.
Y añadió extendiendo el brazo con gesto trágico:
—Allí está; allí le tienes, frío... ¡Más frío que nunca!... ¡Frío pa siempre!...