—Después de marcharte.
—No. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada; me había parecido...
Al día siguiente, domingo, Marcela y Juan Antonio se encontraron en la iglesia, junto á la pila del agua bendita: ella le miró de hito en hito, los ojos retadores, como desafiándole á hablar; él se acercó con aire insolente y satisfecho, murmurando:
—¿Me encontraste frío anoche?...
Marcela no pudo responderle y se marchó llorando. Aquel día y los sucesivos los pasó acongojadísima, no sabiendo si devorar su humillación ó pedir á su esposo el justo castigo de tamaña ofensa; unas veces pensaba vengarse por sí misma, dando la muerte como ella había recibido la deshonra, á traición; otras temía que lenguas extrañas enterasen de lo ocurrido á Fermín, y que éste, interpretando mal el silencio de su mujer, juzgase criminal complacencia lo que fué sorpresa y forzamiento...
Al fin optó por confesarse á su marido, refiriéndoselo todo... ¡todo!... Pues como ella decía: «antes que en ridículo, quieo verle andando camino de la horca ó del presidio...»
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Aquella tarde Fermín y Juan Antonio se vieron en un claro del bosque.
—Estaba esperándote—dijo Fermín.