—¡Fermín, Fermín!...

Entonces sintió que la dejaban; alguien saltó del lecho y resonaron los pasos precipitados, inseguros, de un hombre que huía. Marcela se incorporó en la cama, impulsada por un presentimiento horrible.

—¡Juan Antonio!—gritó.

Y se ratificó en esta creencia al oir que el fugitivo deslizaba suavemente la llave bajo la puerta, como para borrar con aquella precaución el rastro de su delito.

Largo rato Marcela permaneció alelada, temblando de rabia y de miedo; después sintió que abrían la puerta.

—Fermín... ¿eres tú?—preguntó.

—Sí, yo soy...

Mientras él se desnudaba, ella añadió:

—¿Has venido antes?

—¿Cuándo?